"SEGUIR Y VIVIR"
Guía
a la profesión monástica hoy
PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN EN
ESPAÑOL
Estos últimos
quince años han visto la continuación del tiempo de
renovación para los Benedictinos, los Cistercienses, y
los religiosos en general. A pesar de las inevitables
tensiones, ha sido un período de gracia, con el acento
puesto en la formación de los religiosos, de los monjes
y de las monjas, en el seno de un mundo que va
experimentando profundas mutaciones de todo género.
Durante estos años, parece que la primera edición del
presente libro, publicada en 1978 con el título de Hacia
Cristo, ha servido de guía a un buen número de quienes
se preparaban para la profesión monástica.
Una nueva edición, esta vez publicada en España,
apareció 15 años después. Se trataba esencialmente de
mejorar el estilo, la claridad y el vocabulario. La
versión revisada que presentamos aquí llega mucho más
lejos; por ello su nuevo título, “Seguir y vivir” y
subtítulo: “Guía para la profesión monástica cristiana”.
La sustancia de la obra y su enfoque de la vida
monástica siguen siendo fundamentalmente los mismos que
en la edición original. Sin embargo, dos acontecimientos
importantes me han incitado a formular con matices
nuevos el sentido general de la profesión monástica, y a
expresar de otra manera varios de sus componentes. El
primero de dichos acontecimientos fue la aparición en
1996 de la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II: Vita
Consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la
Iglesia y en el mundo. El segundo es el proceso
incesante de secularización en casi todo nuestro mundo
contemporáneo. Conviene decir aquí una palabra sobre
ambos factores, dado que el libro no habla directamente
de lo que significan.
Vita Consecrata fue la respuesta pastoral de Juan Pablo
II a la sesión del Sínodo de los Obispos dedicada a
reflexionar sobre el rol de la vida religiosa en la
Iglesia y en el mundo actual. Es difícil imaginar una
aprobación más cálida de la vida de los institutos
religiosos. El texto – sin ser perfecto – une una
apreciación entusiasta de la tradición con la
sensibilidad respecto de las situaciones contemporáneas,
así como de nuevas ideas para el futuro. De hecho, se
han necesitado casi diez años para que los institutos
religiosos y monásticos asimilaran verdaderamente la
síntesis de Juan Pablo II, con la visión que ofreció y
los desafíos que formuló.
El presente libro intenta tal asimilación. Para ello ha
sido necesario aventurarnos por un terreno relativamente
nuevo.
Las cuestiones centrales aquí tienen que ver con la
relación entre la profesión monástica y lo que
habitualmente se llama “consejos evangélicos”: ¿qué
realidades recubren estos consejos?, ¿cuántos son?, ¿qué
significa profesarlos públicamente?, y sobre todo ¿cómo
aplicar con autenticidad en la profesión según la Regla
de San Benito la clásica tríada de pobreza, castidad y
obediencia? Vita Consecrata simplifica la respuesta a
esta última cuestión, gracias al hincapié puesto sobre
la forma de vida que Jesús llevó y propuso a sus
discípulos más cercanos. Esta “forma de vida”
corresponde a la palabra latina conversatio, lo cual nos
conduce de inmediato a la promesa central de la
profesión monástica, conversatio morum o conversión de
vida. El lector verá que trato de explotar este lazo a
fin de iluminar mejor el sentido de la promesa solemne
del monje[1]. Esta tercera edición española precisa y
matiza, más aún que la tercera edición inglesa, de 2005,
la naturaleza y el alcance de los consejos evangélicos.
Repensar la profesión monástica a la luz de la
Exhortación sobre la vida religiosa conduce en último
término a reforzar su carácter cristocéntrico. Jesús
mismo es el fundador de esta forma de vida que profesa
públicamente seguirlo en la pobreza, la obediencia y el
celibato, en particular cuando se la lleva en comunidad,
como él mismo lo hizo. Pero la intuición de Juan Pablo
llegó más lejos, cuando enseñaba que el modelo y la
fuente de la profesión no se encuentran sólo en la forma
exterior de vida de Cristo, sino más aún en su incesante
experiencia interior de amor total, de dependencia
radical y de docilidad constante a Dios Padre en el
Espíritu Santo. Tal es la verdadera fuente de la fuerza
que posee la forma de vida de Jesús. Es también la base
de su enseñanza evangélica. Para la mayoría de nosotros,
esto modifica y profundiza el sentido de todo compromiso
religioso.
Este enfoque de la vida consagrada implica que los votos
religiosos y las virtudes correspondientes necesitan ser
nuevamente interpretados a la luz de la Encarnación, y
no desde un punto de vista principalmente psicológico,
sociológico o ascético. Los votos no reciben su sentido
únicamente del carisma particular del Instituto al que
el religioso pertenece, ni tampoco como prácticas
ascéticas en función de la caridad, sino sobre todo de
la tradición evangélica viva del seguimiento de Jesús en
su manera de vivir con los demás y para los demás. Este
modo de vida, así como los sacramentos, llega mucho más
lejos que las formas jurídicas o la conducta virtuosa.
Vita Consecrata la califica de “divina”,[2] porque
encarna la relación del Hijo con el Padre y con el
Espíritu Santo.
A la luza de lo dicho, surgen algunas preguntas
interesantes. Ante todo, ¿por qué es tan limitada la
doctrina de san Benito sobre las promesas hechas en la
profesión, mientras que acentúa la importancia de una
preparación adecuada para esta profesión? Una respuesta
rápida sería que la preocupación de Benito en su Regla
no es la de presentar una teología de la vida monástica,
sino simplemente una guía práctica para la vida
comunitaria según el Evangelio. Su preocupación es más
pastoral que doctrinal.
Dicha respuesta es exacta, pero existe también otro
factor importante: el contexto anti-arriano de la Regla.
Por el hecho de que la herejía de Arrio (c.256-336)
negaba la plena divinidad del Hijo de Dios, Benito debía
acentuar el señorío de Cristo de tal modo que con
frecuencia pasa en silencio la realidad humana de la
Encarnación. Así, el nombre de “Jesús” no aparece jamás
en la RB. Tampoco hace referencia al hecho de que el
Señor sea “manso y humilde de corazón”[3], aunque
utiliza otras numerosas citas bíblicas sobre la
humildad. Esto podría asimismo explicar la ausencia de
cualquier referencia a María, su Madre. Podemos
comprender estas omisiones a la luz de la necesidad, que
existía en esa época, de poner el énfasis en la
divinidad completa de Cristo. Desarrollar una enseñanza
acerca del seguimiento de Jesús como hombre, en su forma
de vida profética, hubiera estado fuera de contexto y
probablemente hubiera sido mal comprendido.
Hoy sin embargo, una sana relectura de la RB requiere
una referencia más explícita a la humanidad del
Salvador, como fuente de la mayor parte de los elementos
de la vida religiosa y monástica. Muchos monjes y monjas
de la Edad Media se refieren a ella con entusiasmo en un
enfoque que parece ser ineludible en este tercer
milenio, dadas las sensibilidades actuales y las
enseñanzas de la Iglesia sobre la manera en la que
“Cristo, nuestro Señor, el nuevo Adán,… pone de
manifiesto plenamente al hombre ante el propio
hombre”.[4] Al aplicar tales palabras a los benedictinos
y cistercienses, significan que Jesús “pone de
manifiesto plenamente al monje ante el propio monje”. La
mayoría de los cambios en la nueva redacción del
presente libro van en ese sentido.
Por otro lado, el proceso global de secularización tiene
una orientación muy distinta. En estos últimos
veinticinco años, especialmente después de la caída del
comunismo, ha invadido numerosas regiones del mundo.
Algunas consecuencias de este fenómeno, en particular
las que atañen a la vida familiar y a la formación
humana, ejercen una influencia significativa en el
número y la calidad de los candidatos que llaman a la
puerta de los monasterios, los seminarios y todo
instituto religioso. Puesto que esto, a su vez, afecta
la formación monástica, he tratado de que la presente
edición sea lo más pedagógica posible. Lo cual ha
significado desarrollar con más detalle las
explicaciones, reproducir los textos en lugar de
proporcionar sólo las referencias, y en ocasiones
repetir una afirmación de diferentes maneras y en
distintos lugares, para facilitar su asimilación.
Evidentemente, este tipo de explicación no sería posible
sin la acogida profunda y agradecida de la Palabra de
Dios revelada en la Biblia y del magisterio oficial de
la Iglesia. Esta fe es la única luz interpretiva segura,
tanto de la Palabra revelada como de la complejidad del
mundo contemporaneo.
Los dos factores nuevos – Vita Consecrata y la creciente
secularización – hacen que esta tercera edición sea algo
más extensa que las precedentes. La influencia de Vita
Consecrata es sobre todo evidente en los capítulos uno,
dos y nueve, que atañen a las raíces evangélicas de la
vida monástica. Han sido redactados de nuevo
enteramente. La mayoría de los cambios en los demás
capítulos explicitan lo que ya estaba implícito, y
desarrollan algunos puntos, a veces puntos importantes,
bajo otro aspecto. Por esta razón, el antiguo Capítulo
Dos, sobre el voto de conversión de vida, ha sido
dividido en un Capítulo Dos, más histórico y doctrinal,
y un Capítulo Tres, más directamente pastoral. No se ha
agregado ningún otro capítulo, aunque haya varias
secciones nuevas, a veces las más importantes, y se
hayan cambiado algunos títulos.
De todo ello resulta que en esta edición se percibe
mucho menos que en las anteriores la influencia de los
cursos sobre los votos monásticos, dados por Thomas
Merton hace cincuenta años en su abadía de Getsemaní.
Vale la pena, entonces, repetir lo que dije en el
Prefacio de la edición original: “La premisa fundamental
de esta obra es que la vida del monje solo es
comprensible si se la considera como unión de dos
diferentes movimientos espirituales, presentes a lo
largo de la historia humana y particularmente
significativos en el mundo de hoy: el deseo de comunidad
y la búsqueda de la unión personal con el Eterno. La
fusión de estas dos profundas corrientes del espíritu –
en lugar de su enfrentamiento – hace que la vida
benedictina sea a la vez fuertemente cenobítica y
claramente contemplativa.
“Se permiten – e incluso son de desear – diferentes
énfasis sobre uno u otro de estos rasgos. Si las páginas
siguientes tienden a subrayar el elemento contemplativo,
se debe al hecho de que esta característica es más
específica de la vida monástica y orienta la dimensión
comunitaria. En este contexto, el término ‘vida
contemplativa’ se debe tomar en su sentido moderno y
occidental: una forma de vida totalmente ordenada a la
plenitud de la oración cristiana. Esta forma de vida no
excluye, sino que garantiza, el verdadero fruto
apostólico, tanto de la comunidad como de la
contemplación. No obstante, pone este fruto en segundo
plano. No se trata aquí de justificar esta orientación
contemplativa, sino que más bien se la toma como clave
de comprensión de los otros elementos de la vida
benedictino-cisterciense. El servicio práctico que
pueden prestar estas páginas dependerá en gran parte del
enfoque personal del lector con respecto a esta
orientación.
“En el mismo sentido, el creciente interés por el
misticismo y los métodos de contemplación hace pensar
que esta obra no es para uso exclusivo de benedictinos o
cistercienses. En tal caso sería un signo más del
‘monje’ oculto en todo corazón humano. A tales lectores
no les será difícil adaptar el texto a sus necesidades y
circunstancias particulares. Así los capítulos sobre
castidad, pobreza y obediencia pueden aplicarse sin
dificultad a otras formas de vida cristiana y
religiosa”.
Las citas de la Regla están tomadas de la traducción del
P. Pablo Saenz, OSB (La regla de los monjes, Luján:
ECUAM, 2001). Sin embargo, para verter la expresión
clave conversatio morum,[5] parece mejor usar el término
“conversión de vida”, con su matiz más dinámico, en
lugar de “vida monástica”. Pero para la traducción de
conversatio en los otros capítulos de la RB, la frase
“vida monástica”, utilizada por el Padre Pablo, parece
la más apropiada.
Agradezco a nuestro Abad General, Don Bernardo Olivera,
la Presentación que tan amablemente escribió para la
presente edición y a todos los que me han ayudado a
preparar las ediciones anteriores y la actual, sobre
todo a la comunidad de monjas benedictinas de Santa
Escolástica en Victoria, cerca de Buenos Aires, y a Juan
Francisco de Sousa, responsable del Ediciones
Argentinidad. A los hermanos de mi propia comunidad de
Azul se dirige mi especial gratitud por su comprensión,
su estímulo y su paciencia durante los años de revisión
del texto.
¡Que podamos todos regocijarnos en el amor que Dios nos
ha testimoniado en el corazón de Cristo!
Azul, Argentina
Navidad de 2006
[1] Se comprenderá que, para agilizar la lectura, lo que
se aplica al monje o al religioso, a lo largo del
presente libro, vale igualmente para la monja o la
religiosa, y lo mismo en otros casos. Debido a la
frecuencia con que se usa dichos términos, explicitarlo
cada vez resultaría muy pesado.
[2] VC 18.
[3] Mt 11, 29.
[4] GS 22.
[5] RB 58, 17.