"HALCONES DE MALVINAS"
      
Experiencia de aquellos que lucharon con Dios en el alma y un halcón en el corazón

 

PRÓLOGO:

 

Alguien afirmó: la Historia se escribe con victorias… y con derrotas. Lo imperdonable es mantenerse al margen de ella. Y ocurre que, más allá de discrepancias y controversias, probablemente la Guerra de las Malvinas haya sido  el acontecimiento histórico más relevante que protagonizó la Argentina durante el siglo XX.

A quienes lo pongan en duda cabría preguntarles: ¿cuándo, después de La Vuelta de Obligado, el país ocupó el centro de la escena internacional, jugando en ella un papel protagónico destacado? ¿cuándo se enteró el mundo del reclamo de soberanía que reiteráramos inútilmente a lo largo de un siglo y medio? ¿cuándo la población entera, sin distinción de banderías políticas, se unió unánimemente en apoyo de una empresa nacional? ¿y cuándo, finalmente, un puñado de argentinos asumió con éxito la tarea de demostrar que el extremo austral de América está habitado por hombres decididos, enamorados de su tierra?

El último de los puntos que anteceden requiere una explicación. Pues es cierto que, con frecuencia, se ha empleado con ligereza el término héroes para referirse a  todos nuestros combatientes caídos en los enfrentamientos del 82. Y ocurre que no todos fueron héroes, pese a que todos merezcan la respetuosa consideración debida a quienes murieron cumpliendo con su deber. Un deber arduo, por cierto, pero que no siempre requiere heroísmo para darle cumplimiento.

El heroísmo, en efecto, supone la existencia de un suplemento añadido al correcto cumplimiento de una obligación, aunque se trate de una obligación exigente. Supone una cuota de excepcionalidad, de desmesura. Cumplir las obligaciones es meritorio pero debería ser algo habitual (cosa que, lamentablemente, no siempre sucede). El heroísmo, en cambio, resulta siempre extraordinario.

      Y la Guerra de las Malvinas le ofreció a la patria un puñado de héroes.

Manfred Shönfeld fue un periodista formidable. Amén de un patriota argentino, pese a no ser argentino. Que sostenía una hipótesis que comparto, aunque parezca arbitraria. Según él, las naciones sólo pueden soportar un cierto número de cobardes. Superado el cual se disuelven, desaparecen. Y agradecía a la Guerra de las Malvinas haber suministrado la cantidad de valientes indispensable para que la patria sobreviva.

El libro del comodoro Carballo, que tengo el honor de prologar, entre otros de sus méritos tiene el de presentarnos a varios de esos valientes, con grado, nombre y apellido. Muchos de los cuales merecen, sin duda, la calificación de héroes, añadida a la muy honrosa de haber sido soldados que cumplieron con su deber.

¿Por qué admito para ellos tan descollante calificación? Por las circunstancias en que arriesgaron y perdieron sus vidas, que fueron  extremadas, como extremado es el heroísmo.

Hay diversas acciones de guerra que dejan a sus protagonistas un misericordioso margen de incertidumbre respecto al papel que les pueda corresponder en ellas, confundidos entre la multitud de participantes o contando a su favor con la posibilidad de que no verse envueltos en lo más recio del combate. Pero no dispone de esas ventajas el aviador que, jineteando un torrente de llamas, a la velocidad del sonido,  con los parabrisas turbios por la sal de las olas, repartida la atención entre el blanco, los controles de su máquina, el sonido de la radio y el cálculo de tiempo y distancia necesario para disparar sus cañones, descargar las bombas y elevar su trayectoria se lanza contra un buque, abroquelado éste tras su escudo de artillería, de misiles,  de armas automáticas, y envuelto eventualmente en la engañosa bruma metálica de chaff. Quienes fueron capaces de encarar, voluntaria y lúcidamente, ese cúmulo de circunstancias temibles, se hicieron acreedores, sin duda, a una altísima calificación referida al coraje.

Quizá se podría pensar que el piloto de guerra es una suerte de robot que, en base a rutinas ensayadas mil veces, cumple su misión en forma casi automática. Este libro se encarga de desvirtuar tal presunción. Pues, a través de sus páginas, nos irá mostrando la verdadera índole del piloto de combate. Que, por cierto, es un profesional cuidadosamente adiestrado para llevar a cabo las tareas que le son propias, provisto del temple requerido para enfrentar situaciones límite y dotado de los reflejos indispensables para actuar en ellas con velocidad y precisión. Pero, al mismo tiempo, advertiremos aquí que es un hombre de sentimientos delicados, que invoca la protección de Dios y María Santísima antes de la batalla, que ama a su patria, a su familia y a sus amigos, que disfruta la camaradería y que tiene conciencia exacta de la magnitud del riesgo que le aguarda después de cada despegue.

Sin pretender agotar las menciones, me parece oportuno informar sobre algunos de los ingredientes que sazonan la presente obra, de lectura obligatoria para todo aquel que desee contar con un panorama relativamente completo de la Guerra de las Malvinas.  Por ejemplo, la narración del ataque a la fragata Argonaut por parte de la escuadrilla del  entonces Primer Teniente Filippini, quien “se llevó puestas” las antenas del buque al “saltar” sobre él. O el fin de la Antelope, alcanzada por la que comandaba el propio Carballo. O la increíble odisea del Mayor Puga. O el hundimiento de la Coventry. O el texto de tantas cartas recibidas por los combatientes. O la descripción de los mercenarios gurkhas efectuada por alguien que los enfrentara. O la notable operación dirigida contra el Invincible, en la cual actuaron conjuntamente la Fuerza Aérea y la Aviación Naval. O el destacado papel que les cupo a los Lear Jets privados. O el magnífico desempeño de las tripulaciones de los Hércules, que oficiaron tanto de transportes como de “aviones nodriza” para los cazabombarderos. O los recuerdos de algún capellán y algún artillero…

Aunque resulte harto conocido, no puedo sustraerme a la tentación de cerrar estas líneas con un párrafo dedicado a nuestros pilotos por Pierre Closterman, as de la aviación francesa durante la Segunda Guerra Mundial:

En el mundo occidental, donde la cobardía compite con la necedad, el heroísmo de los aviadores argentinos es como un fanal hacia la luz, a la cual se deben dirigir aquellos que aún creen en las virtudes del patriotismo y en los valores filosóficos de nuestro amado mundo latino.

Juan Luis Gallardo

 

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